Salió Colchonero en cuarto lugar, y era estrecho de sienes, zancudo, colorao y con el 511 y el hierro de la ganadería de Álvaro Núñez herrado en el costillar. No se empleó con mucha bravura, pero tuvo tanta entrega, que eso fue suficiente para servirle al torero. Morante ofreció una antología de la tauromaquia en veinte minutos. Como si de un recital flamenco se tratase, con repaso a todo tipo de palos del cante.
Recibió al toro con las espaldas apoyadas en las tablas, sin enmendar la postura, y a base de largas a una mano, que bien pudieran ser un ramillete de Alegrías de Cádiz, presentó sus credenciales a La Maestranza de Sevilla. A cada pasada del toro, iba recogiendo el capote, ya de por si escueto de dimensiones, quedándose como una servilleta, luego como un pañuelo y finalmente como un sello de correos. Antes de que lo llevase al caballo, le cantó por Soleá con la pureza infinita de sus verónicas. Las que te dejan la boca seca. Y sonó la música. Se lo trajo a los terrenos del caballo, corriéndole para atrás, con el ritmo vivo de las Rumbas de las fiestas. Muy de frente y cerquita ya del varilarguero, tuvo una mención a los Cantes de Ida y Vuelta, haciendo dos ortodoxas tijerillas que concluyeron con un saleroso recorte con el capote plegado y pegado al pecho. Ya antes había hecho una serpentina y una larga cordobesa, que tuvieron el quejío y la soledad de La Taranta y La Minera.
Cuando el picador se retiró, Morante cantó por Bulerías cuando puso los dos primeros pares de banderillas, con mucha verdad y un compás que sonaba por encima del pasodoble Amparito Roca, que volvía a sonar igual de clásico que sonó en el recibo capotero. El tercer par, lo colocó al quiebro, mientras esperaba sentado en una silla que le habían dado desde los tendidos a petición suya. Esa bulería la cantó al golpe, en la imaginaria mesa que pareció que tuviera delante. Y es que, sentado, se mostraba muy cómodo, con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda y los españoles palitroques sobre su cabeza, con los arpones apuntando al celeste cielo baratillero, al que se asomaban todos los toreros grandes de la historia para ver su magistral lidia. ¡Qué momento! ¡Viva el arte!
Volvió a la mano diestra en redondo, para no dejarse atrás unas airosas Malagueñas. Tiró de garbo y torería. Y se terminó de abandonar. El alma del torero, volátil, se elevó invisible. La creatividad improvisada que atesora este matador de toros está al nivel de los sumos sabios de la humanidad. Se estaba asistiendo a una obra cumbre y extraordinaria. Algo superior.
Igual de especiales que son los Jaleos de "La Leyenda del Tiempo", fueron los abaniqueos con que despidió el genio a su noble acompañante, como si fueran los aplausos del cantaó a su guitarrista de confianza. Cogió la espada, y vino la Petenera. Una media tras pinchazo no fue suficiente y tuvo que descabellar en dos ocasiones. Importó menos, por la magnitud de lo vivido. El público gozaba y el vértigo se convirtió éxtasis colectivo. Llantos, aspavientos, abrazos, palmas, gritos…la locura absoluta. Dio dos vueltas al ruedo, la primera de ellas la más clamorosa recordada; la gente estaba feliz.
Este hombre, cuando torea, es absolutamente distinto a los demás toreros. Su capacidad de abstraerse e improvisar dentro de los más rigurosos cánones, no sabemos aún si han tocado techo. Yo había soñado hace ya tiempo con todo ésto, y sabiendo que era capaz de hacerlo, el día tardaba en llegar. Pero ha llegado. Le ha dado la vuelta al toreo tan bruscamente, que hemos retrocedido un siglo, para entender que los trofeos no son la manera más importante de medir la maestría, el oficio y el arte en la lidia del toro bravo. Aunque al finalizar el festejo el público lo quiso sacar por la Puerta del Príncipe, pese a no haber cortado los tres trofeos obligatorios para ello, la autoridad no lo permitió y tras otra clamorosa vuelta al ruedo, esta vez a hombros de una muchedumbre, salió en volandas por la Puerta Grande, que en Sevilla es la Puerta de Cuadrillas que da a la calle Iris. Morante Camacho había dado dos vueltas al ruedo tras el arrastre de Colchonero, la primera de ellas de auténtico esplendor. La corrida del 16 de abril de 2026, en la que José Antonio Morante esculpió tal obra a golpes de profunda y verdadera pureza, fue vestido de un color tan particular como lo es todo en José Antonio; entre ciruela y chocolate oscuro con abundantes bordados en oro. Si existiera por una sola vez el Nobel a la torería, no haría falta dilucidar escrutinios para conocer el nombre del merecedor. Sería para el torero flamenco más largo de la tauromaquia.
Juan Mari Gallardo, Sevilla en abril de 2026
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